Rienne y los Caballos de Hierro

Ojos verdes



Rienne contaba los minutos jugando con un palito en el borde de la laguna. Vaya, pensó, hoy Ravi vuelve a retrasarse. Un mohín ensombreció la cara de la niña por un instante. Sus ojos ambarinos, a juego con algunos mechones de su larga melena rizada buscaron entre los sauces algún indicio de movimiento. Nada, todo era silencio y quietud en su lugar secreto. Aquí, salvo Ravi y Riene, no se acercaba ningún ser vivo desde hacía siglos. Su lugar secreto…Sonrió mientras pensó en Ravi, en su pelo oscuro y en sus ojos casi negros. El casi era importante, si los ojos de Ravi hubieran sido totalmente negros, nunca habrían podido hablar en la Fiesta de la Luz, porque todo el mundo sabe que hay que alejarse de los Ojos Negros. Su madre, la raikke de Ámbar, se lo repetía por lo menos diez veces al día, “Nunca, jamás, óyeme bien Rienne, nunca te acerques a un Ojos Negros. Son seres oscuros y solo buscan destruirnos” y Rienne asentía bajando la mirada a sus botitas de color azul, mientras cruzaba los dedos sin que su madre se diera cuenta. De repente una onda surgió del extremo de la laguna. Rienne se quedó quieta, aguantando la respiración mientras calculaba los pasos que le separaban de su desplazador. Quince pasos, siete segundos. Empezó a incorporarse, lentamente, muy lentamente…Dio un paso lentamente hacia atrás, se aferró al palo con el que hacía un segundo jugaba en la orilla como si fuera un salvavidas. Otro paso. Sin respirar apenas. Las ondas empezaron a acercarse con rapidez. No le daría tiempo a llegar hasta Rayo y no se atrevía a llamarlo. Su deslizador tardaría más en llegar hasta ella de lo que lo haría lo que se escondía tras las ondas del agua. Tuvo miedo. Cerró los ojos y pensó en lo que la raikke le había enseñado cuando empezó a caminar y a hablar. Las ondas se acercaban cada vez más rápido, mientras Riene invocaba las palabras que su madre le enseñó para que las usara sólo – y eso le remarcó bien durante la instrucción- cuando sintiera que el peligro fuera inminente. Las palabras empezaron a llegar de forma ordenada a su mente, seguía con los ojos cerrados, apretando muy fuerte los puños. Reikke tê Ambarêttérum Reikke tê… Oyó una risa saliendo del agua. Y esa risa le resultó muy familiar. Abrió los ojos y allí, sonriendo y aguantando la carcajada tapándose la boca con una mano, apareció la cabeza de Ravi. Miró fijamente al origen de la risa, con la frase a medio pronunciar. La sonrisa desapareció de la cara de Ravi en cuanto sus ojos se cruzaron. – Tus ojos, Riene. ¡Tus ojos! – gritó austado Ravi con medio cuerpo aún sumergido en el agua. – No…Ravi. No. Me.Mires – las palabras salieron con dificultad de sus labios y girando la vista hasta uno de los árboles de troncos negros y retorcidos en una extraña forma que nacía en la orilla más lejana. Entonces lo supo. Entendió que ya no había vuelta atrás. Dio media vuelta y corrió hasta donde esperaba Rayo. Subió a la grupa metálica de su deslizador alado y dio la orden de vuelta al palacio. Mientras ascendía miró un momento hacia abajo. Allí estaba Ravi, mirando con sus preciosos ojos marrón oscuro hacia el cielo. Justo cuando las lágrimas brotaron de los ojos de Riene. Unos ojos de un intenso color verde esmeralda.

Ojos ámbar

Amaneció un cielo cubierto de nubes grises amenazando tormenta roja. Las tormentas rojas eran mala señal pensó Larika moviendo la cabeza mientras chasqueaba la lengua. Las tormentas rojas traen malos augurios se dijo. Y esta tenía pinta de ser aún peor que la última, la que acabó con parte de la Torre Sur. Siguió moviendo la cabeza mientras abrió el armario de madera tallada que cubría toda la pared frente a la amplia cama con dosel. Se quedó mirando un segundo la variedad de ropa buscando lo que llevaría la raikke para la ceremonia de La Noche. Chasqueó la lengua, ajá, ahí estaba el vestido que buscaba. Empezó a descolgarlo delicadamente justo en el momento en el que la raikke salía de la estancia contigua, cubierta por un amplio paño de color blanco que arrastraba ligeramente al caminar. – Larika… – en los ojos ambarinos había un fondo de tristeza – Señora, señora, ¿qué vamos a hacer con la niña? No podemos dejar que se la lleve el señor Nasperius, no lo saldrá bien… lo desc – Silencio y prudencia, Larika, es lo que debe hacerse. Ella lo sabe y lo acabará aceptando. Como hice yo en su día. – Disculpe, raikken, pero en su caso usted sí quería a su prometido. El señor de La Casa de Azules también la amaba. Lo suyo fue amor. – ¿Amor, Larika? ¿Qué se supone que es el amor? Dos personas que se sienten como iguales, que miran en la misma dirección, que construyen una vida juntos… – una risa amarga salió de su garganta – ¿Amor? No, Larika, el amor no fue lo que tuvimos. No lo fue.